Hay una pregunta que la mayoría carga sin darse cuenta, y suena más o menos así: «¿estará bien si lo hago?». No la dices en voz alta. Vive atrás, calladita, antes de cada decisión que importa. Antes de cambiar de trabajo, de poner un límite, de aceptar que ya no quieres lo que se supone que debías querer. Y mientras esa pregunta esté encendida, hay alguien más manejando tu vida aunque tú creas que la manejas tú.
El problema no es consultar a la gente que quieres. Eso es sano. El problema es cuando ya no estás pidiendo opinión: estás pidiendo permiso. Y son cosas distintas. La opinión la escuchas y luego decides tú. El permiso se lo entregas a otro para que decida por ti, y así te ahorras el peso de haber elegido.
¿A quién le rendiste las llaves?
A veces es una persona con nombre: tu papá, tu pareja, un jefe, alguien que ya ni está pero cuya voz sigues escuchando. A veces es más difuso: «el qué dirán», «lo que se espera de alguien como yo». Fíjate en un detalle que casi siempre lo delata: cuando piensas en hacer algo tuyo y de inmediato aparece la cara de alguien en tu cabeza, ésa es la persona a la que le estás pidiendo permiso. La imaginas aprobando o frunciendo el ceño, y decides según su gesto imaginario.
Lo curioso es que muchas veces esa persona ni sabe el poder que le diste. Le entregaste las llaves de tu vida y ni se enteró.
Una prueba para hoy
Piensa en una decisión chiquita que llevas posponiendo. No la grande: una de esas de todos los días. Escribir ese mensaje, apuntarte a esa clase, decir que este sábado no vas. Antes de decidirla, nota si aparece una cara pidiéndote cuentas. Si aparece, dile por dentro, con calma: «gracias, tomo nota de lo que pensarías, y aun así elijo yo». Y hazlo. Chiquito, para que no dé tanto miedo.
No se trata de dejar de importarte la gente. Se trata de dejar de necesitar su firma para vivir tu propia vida. La primera vez que eliges algo sabiendo que a alguien no le va a gustar, y aun así lo eliges, sientes un vértigo raro. Ese vértigo tiene nombre: se llama ser dueño.
¿Qué harías esta semana si de verdad no necesitaras el permiso de nadie?
En una sesión, esto suena así: «¿De quién es esa voz que te dice qué puedes y qué no… y desde cuándo la confundiste con la tuya?» Nombrar de quién es la voz ya la baja de volumen.
Y si te cansaste de vivir pidiendo permiso, aquí hay un camino para volver a tomar el mando de lo tuyo: dirigir tu propia vida.
Reconstruye tu paz. Enciende tu fuego.