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Fila del banco. Sala de espera. El semáforo largo. Los tres minutos en que el microondas gira. ¿Qué haces? Ya sabes qué haces: la mano va sola al celular, antes de que decidas nada.

No es un gran vicio. Es un reflejo chiquito. Pero fíjate lo que dice: ya no aguantas ni cinco minutos contigo, sin nada.

Cuándo perdiste los huecos

Antes el día tenía huecos: la espera, el camino, el rato en que no pasaba nada. Ahí la cabeza hacía algo que no hace en ningún otro lado: acomodaba. Repasaba la conversación de la mañana, caía en cuenta de algo, se le ocurría una idea sin que nadie se la pidiera. Los huecos eran donde pensabas sin sentarte a pensar.

Hoy cada hueco se tapa en dos segundos. Y las ideas que llegaban solas ya no tienen por dónde entrar.

No es el celular. Es lo que evitas.

El silencio incomoda porque en el silencio aparece lo pendiente: la llamada que no has hecho, la decisión que traes rodando, el cansancio que no has querido ver. Taparlo funciona, por eso lo haces. Pero lo pendiente no se va: nomás espera a las tres de la mañana, que es cuando ya no hay con qué taparlo.

Hoy, una espera sin taparla

La próxima fila, déjala ser fila. El celular en la bolsa. Sin música, sin audífonos, sin nada. Cinco minutos de mirar alrededor y aburrirte tantito.

Va a incomodar, es normal: es un músculo que llevas años sin usar. Y luego fíjate qué llega. Casi siempre llega algo: un pendiente que se acomoda, una idea, o nomás un respiro que no sabías que necesitabas. Eso que llega es tuyo, y estaba tocando la puerta hace meses.

¿Qué es eso que solo te alcanza cuando no tienes con qué taparlo?

En una sesión, esto suena así: buena parte del trabajo es exactamente esto, un rato sin ruido donde lo importante por fin puede hablar. Si tu vida va tan rápido que ya no tiene huecos, en estrés y vida acelerada trabajamos justo eso.

Reconstruye tu paz. Enciende tu fuego.