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Alguien te pregunta algo en la junta. No lo sabes. Y en vez de decirlo, haces esa maniobra que todos conocemos: contestas alrededor, ganas tiempo, cambias de tema con elegancia. Sales del paso. Otra vez.

¿Cuánta energía se te va en parecer que sabes?

El precio de saberlo todo

Aprendimos desde la escuela que no saber se castiga. Que el que pregunta queda mal, y el que titubea pierde. Entonces armamos un personaje que siempre tiene respuesta, y lo mantenemos con un esfuerzo que nadie ve: leer de reojo antes de opinar, evitar temas donde pisamos flojo, decir “sí, claro” y luego googlear a escondidas.

El personaje sale caro. No solo por el cansancio: porque mientras finges saber, no puedes aprender. Nadie te explica lo que ya dijiste que dominabas.

Lo que un “no sé” dice de ti

Al revés de lo que temes, un “no sé” dicho de frente casi nunca te hace ver débil. Te hace ver seguro. Fíjate quién lo dice en tu trabajo: suele ser la persona con menos que demostrar. El que sabe quién es no necesita saberlo todo.

Y hay una versión todavía mejor: “no sé, ¿me explicas?”. Esa frase abre puertas que el personaje mantiene cerradas: la gente confía en quien no le finge, y le enseña con gusto a quien pregunta de verdad.

Hoy, uno honesto

Hoy, cuando venga la pregunta que no sabes, y va a venir, prueba contestar sin maniobra: “no sé”. Sin disculpa, sin adorno, sin prometer que lo investigas si no lo vas a investigar.

Y nota dos cosas: qué pasa en el otro (casi siempre, nada de lo que temías) y qué pasa en ti. Ese aflojar los hombros tiene nombre: es dejar de cargar al personaje.

¿Qué podrías aprender si dejaras de aparentar que ya lo sabes?

En una sesión, esto suena así: los “no sé” son bienvenidos, es de las pocas frases con las que se puede empezar a trabajar de verdad. Si diriges gente y sientes que no puedes soltar el personaje que siempre sabe, en liderazgo personal trabajamos justo eso.

Reconstruye tu paz. Enciende tu fuego.