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Son las doce de la noche. Estás muerto de cansancio. Mañana te levantas temprano y lo sabes. Y ahí sigues: viendo el teléfono, un capítulo más, un video más, media hora más.
No es que no tengas sueño. Es que este es el único rato del día que se siente tuyo, y no lo quieres soltar.
El robo tiene lógica
Mira tu día: trabajo, traslados, pendientes, casa, gente que necesita algo de ti. Se acaba la jornada y no hubo un solo espacio donde tú eligieras qué hacer. Entonces el cuerpo cobra: “si el día no me dio nada mío, me lo agarro de la noche”. Y te desvelas, no por gusto, sino por hambre atrasada de tiempo propio.
El problema es a quién le estás robando. No le robas al trabajo, ni a los pendientes, ni a nadie de los que te llenaron el día. Le robas al de mañana: tú, que va a amanecer más cansado, con menos paciencia, y con menos fuerza para defender su día, o sea, más fácil de saquear otra vez. Es un préstamo que te cobras a ti mismo con intereses.
La salida no es dormirte a fuerzas
Ponerte la regla de “a las once, cama” sin cambiar nada más no funciona, porque el hambre sigue. La salida es la otra mitad: si el desvelo es el cobro de un día sin nada tuyo, mete lo tuyo ANTES. Un rato en la tarde que sea tan tuyo como el de medianoche: la caminata, el rato de música, la media hora sin nadie. Defendido igual que defiendes una junta.
Cuando el día ya te dio tu parte, la noche deja de ser la única caja que puedes asaltar. Y el sueño llega solo, sin sentir que pierdes.
Hoy en la noche, mira el reloj
Cuando te caches en el “nomás tantito más”, pregúntate: ¿esto es gusto o es cobro? Si es cobro, no lo pelees a las doce, mejor mañana pon el rato tuyo a plena luz del día, y checa qué pasa con tu noche.
¿Qué te está faltando de día para que lo andes robando de noche?
En una sesión, esto suena así: no vemos tu hora de dormir; vemos tu día completo y a dónde se fue lo tuyo. Si vives cansado y aun así no te quieres dormir, en estrés y vida acelerada trabajamos justo eso.
Reconstruye tu paz. Enciende tu fuego.