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Hoy pensaste algo bueno de alguien. Que tu compañera resolvió bien lo de la junta. Que a tu amigo se le nota el esfuerzo. Que tu mamá cocinó como para restaurante. Lo pensaste clarito… y no lo dijiste.
No por malo. Por costumbre. Lo bueno se piensa; lo malo sí se avisa.
La cuenta que traemos al revés
Fíjate qué raro funcionamos: si algo nos molesta, encontramos el momento de decirlo. Pero la admiración nos da pena, como si elogiar fuera regalar ventaja o quedar cursi. Entonces la gente que queremos vive rodeada de correcciones y a dieta de reconocimiento.
Y luego el elogio se guarda para el brindis del cumpleaños o, peor, para el funeral. Las palabras más bonitas se dicen cuando ya no alcanzan a llegar.
Lo que un elogio dicho a tiempo hace
No es hacerle la barba a nadie. Un elogio concreto y cierto, no “eres increíble”, sino “la forma en que calmaste esa discusión, eso no lo hace cualquiera”, le muestra al otro algo suyo que quizá ni él ve. A veces una frase así sostiene a una persona una semana entera. Tú lo sabes, porque te ha tocado recibirla.
Y hay un efecto de regreso: el que aprende a nombrar lo bueno de otros empieza a verlo más rápido en todos lados. Hasta en sí mismo.
Hoy, di uno
El primero que pensaste hoy, o el que llevas semanas pensando de alguien. Díselo tal cual, con su detalle: qué hizo y qué te pareció. De frente, por llamada o por mensaje, pero hoy, y sin envolverlo en broma para protegerte.
Va a sentirse un poco raro. Lo raro es señal de que llevabas mucho sin usar ese músculo.
¿Cuánta admiración le debes a la gente que quieres?
En una sesión, esto suena así: a veces trabajamos por qué cuesta tanto decir lo bueno, y casi siempre el que no lo dice tampoco se lo dice a sí mismo. Si sientes que tu vida se volvió puro corregir y poco reconocer, en coaching de vida trabajamos justo eso.
Reconstruye tu paz. Enciende tu fuego.