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De niño no necesitabas razón para jugar. Una pelota, un cuaderno, la tierra del patio: cualquier cosa era suficiente y las horas se iban solas.
Hoy todo lo que haces tiene que servir para algo. Si caminas, es por los pasos. Si lees, es para aprender. Si descansas, es para rendir el lunes. Hasta tus ratos libres traen objetivo. ¿Y jugar, hacer algo nomás porque sí, sin meta, sin foto, sin provecho? Eso se te fue quedando en alguna mudanza.
No es infantil. Es combustible.
Jugar no es perder el tiempo: es el único rato en que no te estás evaluando. Sin calificación, sin público, sin “¿para qué sirve esto?”. Y justo ahí descansa una parte tuya que ni las vacaciones alcanzan, porque hasta las vacaciones las conviertes en pendiente.
Fíjate en la gente que admiras por su energía. Casi siempre tienen algo que hacen por puro gusto: la bici, la guitarra, las plantas, el dominó. No les “sirve”. Los sostiene.
Qué pasó con el tuyo
Piensa en lo que jugabas o hacías por gusto hace diez años. ¿Dónde quedó? Casi nadie lo suelta por decisión: se lo va comiendo la agenda, y un día dices “yo antes pintaba” como quien habla de otra persona.
Esa otra persona sigue ahí. Nomás no le has vuelto a dar la palabra.
Hoy, media hora
Es domingo. Dale media hora a algo que no sirva para nada: patear el balón con tus hijos sin contar que es ejercicio, rayar un papel sin que sea arte, armar algo, tocar mal la guitarra. La única regla: que no tenga meta y que nadie lo califique.
Y fíjate cómo regresas. Ese estado no se compra ni se descarga: se juega.
¿Qué hacías por puro gusto que la vida seria te fue quitando?
En una sesión, esto suena así: cuando alguien me dice “ya no sé qué me gusta”, no empezamos por su trabajo ni por sus metas. Empezamos por lo que jugaba. Ahí casi siempre está la punta del hilo. Si sientes que tu vida funciona pero no se disfruta, en crecimiento personal trabajamos justo eso.
Reconstruye tu paz. Enciende tu fuego.