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Hay un amigo al que quieres y al que no le hablas desde hace meses. No pasó nada entre ustedes. Nomás la vida: el trabajo, los hijos, el cansancio, la ciudad. Cada tanto te acuerdas de él, piensas “le tengo que hablar”, y no le hablas.

Y entre más tiempo pasa, más raro se siente llamar. Como si ya necesitaras una razón.

La trampa del “ya es mucho tiempo”

Al principio no llamas porque estás ocupado. Después no llamas porque ya pasó mucho y no sabes cómo empezar. Y al final no llamas porque te da pena haber tardado tanto. Fíjate: el silencio se alimenta de sí mismo. Nadie decidió alejarse; nomás nadie marcó.

Lo curioso es que del otro lado casi siempre pasa exactamente lo mismo. Él también piensa en ti, también dice “le tengo que hablar”, también siente que ya es mucho tiempo.

Lo que la soledad de los adultos tiene de raro

De grandes, la gente se siente sola rodeada de gente. Tienes contactos, grupos, compañeros, vecinos. Pero las personas con las que puedes hablar sin cuidar lo que dices se van quedando en la lista sin usar. Y uno cree que se le acabaron los amigos, cuando lo que se acabó fue el hábito de buscarlos.

Hoy, esa llamada

No necesitas razón ni discurso. “Me acordé de ti, ¿cómo estás?” es suficiente. No mensaje: llamada, o nota de voz si de plano no puedes. Que oiga tu voz.

Y si te contesta con la misma pena de “qué mal que dejamos pasar tanto”, ya está: se acabó el silencio. Los meses no se recuperan, pero la amistad sí, y en cinco minutos.

¿A quién extrañas sin haberlo perdido?

En una sesión, esto suena así: cuando alguien me dice “no tengo a quién llamar”, casi siempre sí tiene, tiene a quién no ha llamado. Es distinto, y se arregla distinto. Si sientes que te fuiste quedando solo sin darte cuenta, en soledad trabajamos justo eso.

Reconstruye tu paz. Enciende tu fuego.