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Es jueves. Y si eres como mucha gente, desde el martes traes la cabeza puesta en el viernes. No en este día: en el que sigue. Aguantas el jueves como quien aguanta la fila del banco.
Hazte una cuenta rápida. Si vives esperando el fin de semana, estás esperando dos días de cada siete. Los otros cinco los atraviesas. Eso es más del setenta por ciento de tu vida en modo “ya que pase”.
No es flojera. Es una señal.
Querer que el día se acabe no habla mal de ti. Habla de algo que el día no te está dando: descanso, sentido, gente que te caiga bien, un rato que sea tuyo. El viernes no arregla eso. El viernes nomás lo pospone hasta el domingo en la noche, cuando regresa con todo y te cae el famoso bajón.
Lo que se vuelve costumbre es peor: uno aprende a no estar donde está. Y después ni el sábado se disfruta, porque la cabeza ya se entrenó para vivir en el siguiente.
Lo que sí se puede hacer hoy
No vas a renunciar el jueves ni a cambiar de vida antes de la comida. Pero puedes meterle al día un pedazo de lo que esperas del fin de semana. Uno chiquito: la caminata de veinte minutos, la llamada a esa persona, comer sin pantalla, la canción a todo volumen en el coche.
No para que el jueves sea perfecto. Para que deje de ser un pasillo.
Pruébalo hoy y fíjate qué pasa en la noche, cuando el día termine: si sigue siendo un día que tachaste o si ya fue uno que viviste.
¿Qué tiene tu viernes que hoy no le estás dando permiso de tener a tu jueves?
En una sesión, esto suena así: no te digo “disfruta el momento”. Te pregunto qué es eso que esperas del fin de semana, y casi siempre resulta que no es descanso: es sentirte tú. Y eso no tiene día de la semana. Si llevas tiempo atravesando tus días en vez de vivirlos, en propósito y sentido trabajamos justo eso.
Reconstruye tu paz. Enciende tu fuego.