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Tienes una decisión enfrente. Y antes de tomarla, haces la ronda: le preguntas a tu pareja, a tu mamá, al amigo que siempre opina, al compañero de trabajo, al grupo de WhatsApp. Juntas seis opiniones. Y sales más confundido que antes.
Porque no estabas buscando información. Estabas buscando que alguien decidiera por ti.
La ronda no es consulta: es reparto de culpa
Preguntar de verdad es útil: le preguntas al que sabe, escuchas, y decides tú. La ronda es otra cosa. Le preguntas a todos, incluso a los que no tienen idea, porque si la decisión sale mal ya no fue solo tuya: “es que me dijeron”. Y si sale bien, tampoco fue tuya del todo.
El precio es alto: nunca sientes que las decisiones de tu vida las tomaste tú. Y una vida donde nada lo decidiste tú se siente prestada, aunque vaya bien.
Lo que ya sabes
Fíjate en algo: casi siempre, antes de la ronda, ya sabías qué querías. Y a veces haces la ronda buscando justo a la persona que te diga lo que ya sabías, para tener permiso. Lo demás son votos que no querías contar.
Tu cuerpo lo sabe antes que tu cabeza. Cuando alguien te da la opinión contraria a lo que querías, hay un pequeño apretón adentro. Ese apretón es tu decisión, hablándote antes de que la calles con más opiniones.
Hoy, una sin consultar
Elige una decisión chiquita de hoy o de esta semana, el restaurante, el plan del domingo, si vas o no vas, y tómala sin preguntarle a nadie. Ni a tu pareja. Decide, y aguanta el rato de incomodidad de que sea solo tuya.
Eso es lo que se entrena: no acertar, sino cargar con lo que decides. Con eso sí se puede construir una vida que se sienta propia.
¿A quién le preguntas para no tener que oírte a ti?
En una sesión, esto suena así: no te digo qué hacer, sería una opinión más en tu ronda. Te ayudo a oír la que ya traías y a ver qué te da tanto miedo de firmarla. Si llevas años sin sentir que tu vida la decides tú, en decisiones importantes trabajamos justo eso.
Reconstruye tu paz. Enciende tu fuego.